7 de agosto de 2019

EN BUSCA DEL GRIAL

Una tenebrosa madrugada de verano del año del señor de veinte o diecinueve de nuestra era, cinco caballeros cruzados (de la hermandad de los Çables Cruzados) abandonaban la vida cotidiana y cómoda de sus jergones y la protección de sus feudos para embarcarse en la legendaria aventura de la búsqueda del santo grial.

Unos años atrás, en los pocos momentos de remanso que encontraban tras alguna de las muchas refriegas y escaramuzas que a menudo sostenían contra los gigantes, monstruos y bestias abominables que acechaban la comarca, acordaron converger determinado día en el punto equidistante que servía como frontera de sus territorios, señalado desde tiempos inmemoriales con una enorme estela de piedra caída del firmamento, donde figuraban dos extraños signos que parecían representar los caracteres de una escritura ancestral: S-T(1). Eligieron ese día (ducentésimo decimonoveno del año en el calendario gregoriano) por tratarse de la conmemoración del inicio de la batalla de las Termópilas, que tantas veces habían oído narrar y que siempre les sirvió de ejemplo como símbolo de la valentía frente a la adversidad insuperable.
Una vez congregados todos y subidos en sus monturas tomaron en silencio el camino que les debería llevar hasta el castillo donde supuestamente se encontraba el grial. En los primeros tramos iban encontrando caras recelosas que no sabían muy bien si eran adversarios malintencionados o labriegos macilentos y adormilados, extrañados de verlos a tan tempranas horas cargados con sus pertrechos. En algunos cruces de caminos aparecían ya las primeras contrariedades que los ponían sobre aviso de lo que iban a encontrar, surgiendo de repente enormes monstruos fugaces que aparecían y desaparecían a la velocidad del rayo, y sobresaltándolos con estruendosos alaridos.
Más adelante les iban surgiendo dudas sobre el camino que seguían. ¿Sería el correcto o estarían errando el rumbo? Ningún hito, ninguna señal, ningún paisano a quien preguntar. El viejo y maltrecho mapa que portaban era difícil de interpretar, lo que les generaba mucha incertidumbre sobre la ruta. Buscaban huellas que les confirmaran su trayecto, cualquier indicio que les pusiera sobre la senda adecuada. Pero no les quedaba más remedio que atenerse a su sano juicio y a la dudosa capacidad de orientación por lugares ignotos.
Andaban con ojo avizor porque detrás de cada montículo, a la vuelta de cada recodo, aparecían de imprevisto estruendosas bestias envueltas en nubes de polvo que amenazaban con embestirlos arrojándolos contra el suelo, por lo que se veían obligados a apartarse sin entrar en disputas que les obligaran a consumir unas energías que más adelante podrían necesitar. Al fondo divisaron un serpenteante y enigmático sendero ascendente engalanado con multitud de joyas y cantos de sirenas que seducían con llevarlos hasta las más altas cumbres del paraíso(2). Todos tuvieron que taparse los oídos para no sucumbir a la tentación y al empuje del más mancebo de los caballeros, que debido a su juventud y osadía quería arrastrarlos tras de sí hasta las más elevadas cotas donde la vista alcanzaba. Afortunadamente venció la cordura, consiguieron retenerlo y pudieron continuar su camino.
Engendros alados, terroríficas alimañas peludas, manadas de bestias astadas y enormes uros testiculados se dejaban ver en las inmediaciones a cada paso. Pero los valerosos caballeros no desfallecían y se mantenían decididos y con el firme propósito de alcanzar su meta que no era otra que la de llegar al castillo donde se encontraba el cáliz que contenía el elixir de la eterna juventud que ya se les iba escapando.
Atravesaron puentes, vadearon profundos ríos, rodearon extensas lagunas y recorrieron multitud de senderos, estrechos, pedregosos y empinados, con un único afán de alcanzar su destino. Hasta que finalmente, oculto tras una sucesión de lomas y colinas, apareció ante ellos como una sombra el castillo que tanto anhelaban. La visión de su fantasmagórico destino les renovó los bríos impulsándolos a consumir las escasas y agotadas energías que ya les iban quedando. Pero no contaban con que en la entrada estaban vigilantes los guardianes del tesoro. En esta ocasión no tendrían que emplear las armas sino que deberían recurrir a su ingenio más agudo, a las argucias más sutiles y a los enigmas más enrevesados para confundir a los guardianes, entreteniéndolos con historias vetustas, desconcertándolos con cálculos disparatados, aturdiendo sus mentes y distrayéndolos de su principal menester. Fue de ese modo como pudieron acceder al interior de la fortaleza. Recorrieron sus patios y pasadizos, sus encaramadas escaleras y los amplios salones de altos techos repletos de vestigios de épocas pasadas sin encontrar lo que buscaban. No estaba allí. Al menos ellos no habían conseguido descubrirlo. ¡Tanto esfuerzo sin recompensa!
Cuando abandonaban aquellos muros decepcionados por su nefasta suerte un tenue reflejo atravesó la pupila de uno de ellos. Salía por la rendija de la puerta de una ermita aledaña. Fueron siguiendo el rastro del brillo hasta acceder a la estancia. Y allí se les mostró, como una aparición, majestuoso, fascinante y sublime, en el centro geométrico y exacto del recinto, reflejando la luz de todos los soles del universo, el objeto de sus anhelos: el cáliz. Cegados por tal resplandor permanecieron unos instantes postrados ante él, lo que les sirvió para descansar brevemente de sus andanzas y aplicarse en preparar el regreso.


Entraron en un mesón aledaño al castillo y junto a la ermita. Una vez despojados de sus adminículos, sedentes y sedientos, la mesonera les ofreció las vituallas propias del lugar que no eran otras que pan de campo, aceites y chicharrones bañados en su propia manteca, regados con una reconfortante y cálida bebida elaborada a base de leche y malta tostada.
Emprendieron el camino de regreso alentados por la satisfacción de haber logrado su empeño. En esta ocasión tornarían por lugares distintos, probablemente expuestos a menos peligros pero no por ello más aburridos o carentes de interés. De nuevo traspasaron túneles, viejos puentes, encrucijadas de caminos, calzadas, senderos sinuosos, predios cultivados, interminables baldíos, ríos cenagosos, lomas, colinas y montañas, aldeas semiabandonadas y toda suerte de paisajes.
En un momento del trayecto y justo antes de vadear un caudaloso río apareció ante ellos un gigantesco dragón(3) atravesado en medio del camino, impidiéndoles el paso. Todos al unísono clamaron un vehemente Vade retro, ante el cual la bestia, torpe en sus movimientos y refunfuñante, se  apartó lo justo para poder pasar tras ella, eso sí, temiendo en cualquier instante un repentino coletazo que diera con sus huesos y los de sus monturas en tierra.


En otros pasajes remotos encontraron intrincados laberintos que servían de protección contra fieras y demonios a la entrada de una aldea, con vueltas y revueltas, con subidas y bajadas, con trampas de piedra y agua, para desconcertar y desanimar a cuantas alimañas sedientas de sangre buscaran incautas víctimas por aquel lugar.
Próximos ya a su fin sobrevoló sobre el grupo una enorme rapaz(4) con el plumaje inferior completamente blanco que como un dulce presagio les indicaba la dirección adecuada. Eran buenos augurios, señal inequívoca de que el destino en esta ocasión les había resultado favorable.
Y así fueron poniendo rumbo hacia el lugar de partida, origen y fin de sus peripecias, sudorosos, polvorientos y exhaustos, pero con la satisfacción de haber conseguido culminar con éxito el motivo de su expedición. Acordando futuras aventuras que unos y otros iban proponiendo, se fueron alejando paulatinamente, cada uno en dirección a su morada, donde les aguardaba un merecido descanso.

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(1): Algunos estudiosos interpretan que esos caracteres (S-T) serían las dos únicas siglas que quedarían visibles de una lápida funeraria romana con el epitafio STTL (sit tibi terra levis). Otros aseguran que S-T se refiere a las iniciales de las palabras latinas Sol y Terra. Incluso han aparecido opiniones afirmando que la S horizontal y bastante cerrada insinúa el símbolo del infinito (y la T (o Tau) era el símbolo de la cruz mística de Cristo durante la Edad Media. Las últimas investigaciones, basadas en un análisis multidisciplinar, apuntan hacia una interpretación más simple según la cual S-T serían las iniciales de  Sobrina y Trejas, indicando estos datos una localización geográfica concreta en las proximidades de Asido (actual Medina Sidonia).
(2): Historiadores de distintas universidades han coincidido al determinar que el serpenteante camino ascendente al que se refiere el texto presenta muchas coincidencias con el lugar denominado Coto del Asiento del Marqués, finca de monte bajo contigua a la de La Alcaría, dentro del término municipal de Medina Sidonia y muy próximo al de Alcalá de los Gazules, ambos municipios pertenecientes a la provincia de Cádiz.
(3): El dragón (Draco satanicusdesapareció de Andalucía probablemente a principios del siglo XIII. El último ejemplar del que se tiene constancia fehaciente fue abatido en los márgenes del curso medio del río Barbate a finales del siglo XII, durante las labores de remodelación almohade sobre la antigua cimentación romana de un puente ubicado en las proximidades de Al-qal'at
(4): Consultados posteriormente los manuscritos de la época que versan sobre las artes imperiales de la cetrería se ha comprobado que se trataba de un imponente ejemplar de Circaetus gallicus (o Águila culebrera).

1 comentario:

  1. Excelente descripción novelesca y en forma de ficción, que no lo es porque describe hechos muy reales, de la ruta de Medina-Ermita de los Santos-Paterna. ¡Enhorabuena!, Angelmari.

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