2 de julio de 2014

TORMENTAS DE VERANO

La última salida en bici que hice no fue de las que se pueda denominar como "estupenda". Ni divertida. Pienso que no llegó siquiera a la categoría de agradable.
Eso sí: resultó muy útil porque, si lo que no mata engorda, me sirvió personalmente para entrenar en condiciones desfavorables (no sabeis lo mal que lo iba pasando por momentos), y a cierta  parte del grupo para liberar tensiones acumuladas.
Ruta clásica de verano y poniente, con mucha sombra, pocas cuestas y buscando la proximidad del mar. Hasta ahí bien. Pero por algún motivo que no acabo de precisar iba atascado con la respiración. No ventilaba bien. Era como si no consiguiera alcanzar ese momento crítico de romper a sudar, aunque iba chorreando. Rodaba esperando tras cada curva que mi organismo se pusiera en modo de trabajo, pero no llegaba a conectarse. Resultó una sensación extraña y permanente, a la que, buscándole alguna utilidad, pretendía que al menos sirviera para sobrellevar esos momentos malos que a veces se pasan sobre la bicicleta. Y así prácticamente todo el camino.
Por otro lado, lo que se veía venir: las tensiones que se producen en cualquier sistema, pero que en esta ocasión estallaron abruptamente y marcaron a la vuelta una jornada desapacible. Cuando alguno no acaba de encontrar su ubicación en el pelotón (o en la vida) va de delante para atrás y de detras hacia delante, dando bandazos y acelerones, creando desconcierto en el grupo y recelo en la mayoría. Porque el riesgo que origina es manifiesto. El colectivo no quiere sobresaltos y cualquier elemento disonante produce alteraciones a la estabilidad del sistema, que pierde así su habitual comodidad para tener que empezar a recomponerse. Peor aún si quien no encuentra su sitio tampoco aprende ni da síntomas de ello. Se crea un recelo que, mal gestionado, desemboca en antipatía y animadversión. Pero desde el rencor difícilmente se pueden solucionar las diferencias.
Aparecer de improviso, con una larga historia en la mochila, pretendiendo que aquí todo siga igual, y además echándole morros al personal, no coincide con lo que podríamos denominar entrar con buen pie. Colocarse a cola del pelotón, marchar tranquilamente al ritmo de todos, aceptar el funcionamiento interno y la dinámica del grupo, y ser más consecuente, supondría un buen ejercicio de aprendizaje que alguno parece empeñarse en ignorar. Pero claro, eso es una cosa, y otra despacharlo con gaitas destempladas.
Ayer una maniobra brusca (otra más, la última) sirvió para que se desatara la caja de los truenos. Porque las reticencias acumuladas y mal digeridas acaban aflorando. Lo difícil es manejar esas situaciones acertadamente, porque tras un ramalazo de cólera no se está en la mejor disposición de resolver nada. Todo sale atropellado, a dentelladas, con mucha rabia dentro. Tras recibir un reproche a bocajarro es complicado templarse y, en lugar de responder un simple "Perdona. No me he dado cuenta", pedir disculpas o poner la más humilde de las sonrisas, lo habitual es rebotarse, pero en este caso con tan poco tino que allí se llevó repaso hasta el más pintado, consiguiendo indisponerse aún con más gente. Y como hoy por hoy todos tenemos muy alta la autoestima, poca sensatez y nula capacidad de tolerancia hacia la frustración, ocurre lo inevitable. Estas situaciones de enfrentamiento tan econado provocan en el sistema (en el grupo) una reorganización de sus elementos que hace necesario encontrar una nueva estabilidad. Porque a pesar de todo y de todos el sitema se reequilibrará finalmente.
Pienso que sería acertado y oportuno de una parte aprender de una vez por todas lo que se puede y lo que no, dónde y con quién se está, y hasta dónde debe llegar cada cual, porque no todo vale. De otra, hacer el esfuerzo de controlar esos impulsos vehementes, no actuando tan precipitada ni prepotentemente, cuando no era necesario. Y para la mayoría alguna dosis más de serenidad para no hacer leña del árbol caído.
Un grupo de aficionados a cualquier deporte se reúne para practicarlo, echando un buen rato de diversión y risas, y si es posible hasta mejorando la salud. Evidentemente hay circunstancias que rompen la armonía, pero no se debe olvidar lo que une, los objetivos, ni las maneras. De modo que situaciones como la de ayer no encajan aquí, por más razones que se tengan. No puede pesar más un enfrentamiento puntual que todo aquello que nos ha caracterizado desde tanto tiempo atrás, de lo que nos sentimos tan orgullosos y de lo que luego hacemos gala. 
Siempre de buen rollo,
siempre sonriendo, 
que la vida son dos días
y uno está lloviendo. (Los Yesterday. 1999)
Ah. Lo de mi respiración, una insignificancia.

1 comentario:

  1. ¡Cagondié! me pierdo las mejores.
    Tal vez fuera por eso que mi tocayo supo plantear ayer sabiamente una ruta en la que no hubo lugar ni para el resuello, al menos por mi parte. Debió pensar: todos a callar y a dar pedales.
    Eso, perdonad que las aproveche todas, ni se da ni se espera que se dé en las nocturnas, en las que siempre la placidez y el buen rollo predominan. ¡A por la del viernes, 11!.

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